lunes, 11 de junio de 2018

¿Qué hacer con una vida malograda?

(Jesús dijo:) Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
Mateo 11:28
Se estima que cada año en Francia unas 2.500 personas toman la decisión radical de dejar todo para volver a empezar una vida nueva. Prefieren abandonar bruscamente todo lo que hasta el momento formaba parte de su existencia, y desaparecer, si es posible sin dejar rastro, para poder ser alguien diferente, sin tener que rendir cuentas del pasado.
Podemos preguntarnos por qué tantos hombres y mujeres escogen este medio para huir de su vida actual. No lo hacen necesariamente para escapar de las consecuencias de un acto culpable o de una situación financiera catastrófica. Tal vez solo lo hacen para tratar de huir de su vergüenza o de su desilusión, o para dar un nuevo sentido a su vida.
Pero hay otra manera de empezar todo de cero: aún hoy Jesucristo dice a todos los hombres: “Os es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:7). Dios produce este nuevo nacimiento en el corazón de todos los que reconocen que son pecadores y depositan su confianza en Jesucristo, quien murió y resucitó. Es un nuevo comienzo que no cambia nuestro entorno familiar ni las circunstancias exteriores, pero que transforma radicalmente nuestra vida.
“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
“... Que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con todo poder, conforme a la potencia de su gloria, para toda paciencia y longanimidad; con gozo” (Colosenses 1:9-11).
Levítico 25:29-55 - Efesios 4:17-32 - Salmo 71:12-18 - Proverbios 17:13-14

jueves, 10 de mayo de 2018

¿Quién es Jesús?

Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
Juan 8:12
De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy.
Juan 8:58
Esta es una pregunta fundamental para cada uno de nosotros: ¿Jesús es solo un hombre o es mucho más que un hombre? Cuando estuvo en la tierra, la gente ya se hacía esta pregunta. ¿Era el Mesías prometido, aquel que había sido anunciado por los profetas?
Cierto día unos hombres religiosos tuvieron una larga discusión con él. Todo empezó porque Jesús declaró que él era la “luz del mundo”. Después de muchos rodeos le preguntaron: “¿Tú quién eres?” (Juan 8:25). Entonces Jesús les declaró que él existía incluso antes de que Abraham naciese. ¿Cómo era posible? ¡Porque él es Dios Hijo eternamente! Antes de venir a la tierra estaba con Dios (Juan 1:1-3). Él puede decir: “Yo soy”, como Dios había dicho a Moisés: “Yo soy el que soy” (Éxodo 3:14).
Jesús existía antes de venir a la tierra. Luego participó de nuestra vida cuando estaba entre los hombres. Fue crucificado, murió, pero resucitó y ahora está en el cielo. Desde allí, como hombre y Dios a la vez, llamó al que sería el apóstol Pablo, y le dijo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (Hechos 9:5).
El primer mensaje del Evangelio es la proclamación de la identidad de Jesucristo a los hombres. Jesús, Dios el Hijo, vino de Dios, murió para llevar nuestros pecados, y ahora vive eternamente.
Los evangelios fueron escritos “para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31).
Isaías 56-57 - Marcos 10:1-31 - Salmo 55:16-23 - Proverbios 15:7-8

jueves, 12 de abril de 2018

¡No me puedo forzar!

Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.
1 Timoteo 1:15
Estas palabras son fieles y verdaderas.
Apocalipsis 21:5
«¡Tú tienes la suerte de creer, tú tienes la fe, yo no! No me puedo forzar, no es culpa mía». Con estas palabras Sonia puso punto final a una conversación que la molestaba.
¿La fe es un privilegio reservado a algunas personas, o es el fruto de un esfuerzo de imaginación? ¡No! La fe consiste en recibir el testimonio de Dios: él quiere darse a conocer a sus criaturas, a quienes ama. No se puede hablar de «forzar» cuando se trata de creer en Dios, quien nos creó a su imagen para que tengamos una verdadera relación con él.
Dios habla al hombre de diversas maneras y vela para que sus mensajes sean comprensibles.
–La creación, el primer mensaje de Dios, es universal. Este testimonio de “su eterno poder y deidad”, de su bondad, hace inexcusable y responsable a quien lo rechaza (Romanos 1:20). No se trata de forzarse, sino de inclinarse para adorar a nuestro maravilloso Dios.
–Dios también habla a los hombres a través de la Biblia. Este mensaje se dirige a la conciencia y al corazón de todos. Al que la lee con rectitud y sin prejuicios, Dios se le revela y hace que tenga “la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). Para creer de esta manera no es necesario hacer ningún esfuerzo, sino tener una actitud honesta y sincera.
–Dios también nos habla de manera más personalizada: mediante los detalles de mi vida cotidiana, habla a mi conciencia, me interpela. Solo debo escucharlo...
Rechazar estos mensajes es decir que Dios miente (Juan 3:36). Recibamos el mensaje principal de Dios: nos ama y nos dio un Salvador.
Éxodo 13 - Hechos 10:1-24 - Salmo 28:1-5 - Proverbios 10:24-25

lunes, 12 de marzo de 2018

Testimonio de un preso

Algunos moraban en tinieblas y sombra de muerte, aprisionados en aflicción y en hierros, por cuanto fueron rebeldes a las palabras del Señor... Luego que clamaron al Señor en su angustia, los libró de sus aflicciones; los sacó de las tinieblas y de la sombra de muerte, y rompió sus prisiones.
Salmo 107:10-14
El siguiente testimonio proviene de un hombre encarcelado en Francia por haber cometido un grave delito.
«No conocía a Dios y menos a Jesucristo. Además, no quería oír hablar de él, porque para mí no era más que una fábula. ¿Por qué habría permitido que perdiese a mis padres cuando tenía cuatro años y que fuese separado de mis hermanos para tener una vida sin sentido? Tenía sed de verdad, pero, ¿dónde hallarla en medio de tantas religiones y fanatismo? Entonces opté por ser ateo.
Cuando creía haber arruinado totalmente mi vida, pasó lo siguiente: Una tarde, cuando fui transferido a otra celda, un hombre que regresaba del locutorio me preguntó: «¿Crees en Dios?». Sin dejarse detener por mi incredulidad, me habló de Jesús largo rato. Yo, que no soportaba oír hablar de Dios, escuché lo que el hombre sentado frente a mí me decía. Sus palabras alcanzaron mi corazón. Un poco más tarde, en mi celda, clamé a Dios, le hablé, le supliqué que me perdonase y que me diese su luz y su calor. Por primera vez en mi vida sentí su presencia. El Nuevo Testamento que aquel hombre me dejó se convirtió en un alimento indispensable para mí. Hoy, al cumplir dieciocho meses de estar en la cárcel, conozco a aquel que siempre se interesó por mí, es decir, a mi Salvador Jesucristo. Mi encuentro con mi Salvador es inolvidable, pues comprendí el sentido de la palabra libertad».
Génesis 37 - Mateo 21:23-46 - Salmo 18:43-50 - Proverbios 6:27-35

lunes, 12 de febrero de 2018

Todos y cada uno de nosotros

No hay hombre que no peque.
2 Crónicas 6:36
Después de esto (de la muerte) el juicio.
Hebreos 9:27
Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.
Hechos 16:31
En varias ocasiones la Biblia afirma que todos los hombres actuaron mal con respecto a Dios: “Todos se desviaron, a una se han corrompido” (Salmo 14:3). “No hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:22-23). Como Dios tiene que castigar el pecado, el juicio divino es una consecuencia inevitable para cada uno de nosotros. Todos necesitamos, pues, que nuestros pecados sean perdonados, de otra manera no podremos presentarnos ante un Dios totalmente justo. Nuestra culpabilidad tiene que ser borrada, anulada, para que no seamos condenados. La muerte de Jesucristo, el Hijo de Dios, quien vino a la tierra como un hombre, responde totalmente a esta necesidad. Su muerte es el único medio de expiación que puede satisfacer las justas exigencias de Dios. Así, para ser salvo, es necesario que cada uno acepte, por medio de una fe personal, a Jesucristo como su Salvador.
Si usted todavía no lo ha aceptado, es el momento de hacerlo; para ello, y sin tardar:
–Invoque el nombre del Señor orando a Dios, dirigiéndose a él como a una Persona que quiere y puede perdonarle.
–Confiésele sinceramente sus pecados, sabiendo que usted merece su juicio.
–Crea que, para expiar sus pecados, Jesucristo sufrió en la cruz el castigo que ellos merecían, y que sobre este fundamento de un amor infinito, Dios le perdona y le recibe como hijo suyo.
Génesis 32 - Mateo 18:15-35 - Salmo 18:7-15 - Proverbios 6:1-5