miércoles, 21 de enero de 2015

¡Vuélvase a Dios!

Y volviendo en sí, dijo:… Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo… Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.
Lucas 15:17-20


¿Piensa que su vida es un gran desastre? ¿Ha tomado un camino que le parece sin salida y ha perdido toda esperanza de salir? La parábola del hijo perdido, contada por Jesucristo, debe darle razones para tener esperanza (lea Lucas 15:11-32).
Un hijo dejó a su padre para irse lejos y vivir una vida desenfrenada. Anduvo en todo tipo de placeres hasta gastar todo el dinero que tenía. ¡Adiós a la despreocupación de esos días de desenfreno! El hambre le obligó a ocuparse de los cerdos. Estaba tan hambriento que llegó a desear su comida. Entonces reflexionó… Primeramente llegó a una conclusión: era más miserable que los obreros de su padre. Luego, consciente de su entera responsabilidad en esa desastrosa situación, tomó una decisión: volver a la casa de su padre. ¿Iba a pedir su clemencia? No, simplemente le diría: “Padre, he pecado… Ya no soy digno de ser llamado tu hijo”. Su orgullo había sido quebrantado y el deseo de justificarse había desaparecido. Consciente de la gravedad de sus faltas dio media vuelta para volver a su padre, de quien sólo podía esperar un enojo justificado.
Pero ese padre, que aguardaba su regreso, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo perdonó y le volvió a dar su lugar de hijo.
¡Así es la misericordia de Dios! Querido lector, si usted ha arruinado su vida, vuélvase a Dios, confiésele su pecado. A cambio él le ofrecerá su perdón y un nuevo punto de partida para una vida enriquecida por su amor.


Fuente: © Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

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