sábado, 28 de marzo de 2015

El nuevo nacimiento

A todos los que le recibieron (Jesús), a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.
Juan 1:12


Cuando un niño nace, sus padres tienen que inscribir su nombre y su filiación en el estado civil. De la misma manera, la Biblia nos enseña que para que podamos entrar en la familia de Dios es necesario pasar por el nacimiento, es decir, el nuevo nacimiento. Entonces nuestro nombre podrá figurar en el “libro de la vida”, el registro civil del cielo, en el que Dios inscribe a los que creen en su Hijo y lo aceptan como su Salvador personal. “A todos los que le recibieron (Jesús), a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Es un derecho, basado únicamente en la obra expiatoria de Cristo, y no en nuestros méritos. No soy cristiano porque sea mejor o más religioso que los demás, sino porque existe una relación entre el Señor Jesús y yo.
A un hombre muy religioso, Nicodemo, el Señor Jesús dijo: “El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). La alta posición de Nicodemo no le daba derecho ni a ver ni a entrar en el reino de Dios. Tenía que pasar por un nuevo nacimiento. Para producirlo, el Espíritu usa la Palabra de Dios (figurada por “el agua”) para convencer al hombre de que es pecador y necesita ser salvo.
El cristianismo no es un conjunto de ceremonias, dogmas y reglas. Es el conocimiento de Jesucristo, un vínculo entre él, quien da la vida, y nosotros, quienes la recibimos. Ese vínculo y esa relación fueron establecidos de una vez para siempre cuando nos convertimos: habiendo reconocido que somos pecadores, aceptamos por la fe la salvación gratuita que Jesús nos ofrece, el pleno valor de su muerte en la cruz para borrar nuestros pecados.


Fuente: © Editorial La Buena Semilla.

jueves, 12 de marzo de 2015

La conversión significa dar media vuelta

(Jesús dijo al apóstol Pablo:) A quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados.
Hechos 26:17-18


Podemos pasar de una religión a otra sin que por ello podamos hablar de conversión. Es posible formar parte de un grupo de cristianos sin haber experimentado nunca una verdadera conversión. Incluso uno puede tener cierto cambio moral, una mejora de la conducta, sin que se trate de una conversión en el sentido bíblico.
Según la Biblia, convertirse significa literalmente dar la vuelta, apartarse de algo para ir hacia otra cosa. El arrepentimiento es un cambio interior completo en nuestros pensamientos más profundos, la conversión es un complemento en los actos. La acción acompaña el pensamiento. Es dar media vuelta para ir en otra dirección. Es pasar de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, del poder de Satanás a Dios (Colosenses 1:12-13; Juan 5:24). Los de Tesalónica, después de haber escuchado el Evangelio, se habían convertido y habían abandonado los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero (1 Tesalonicenses 1:9).
Convertirse consiste, pues, en dar la espalda a todo aquello que forma parte de las tinieblas, del error y del pecado, para volverse resueltamente hacia Dios. Significa renunciar a nuestras concepciones erróneas, a nuestros propios razonamientos limitados o tendenciosos, para creer en la Biblia, la Palabra de Dios, y aprender a conocer a Jesús como Salvador y Señor. Esta conversión es la demostración de que Jesús nos salvó. Jesús dijo: “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3).


Fuente: © Editorial La Buena Semilla