martes, 12 de abril de 2016

¿Por qué te abates, oh alma mía?

Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo... ¿Por qué te abates, oh alma mía?... Espera en Dios.
Salmo 42:1-2, 11
(Nada) nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
Romanos 8:39
Las preguntas de la Biblia (Salmo 42)
Este creyente tiene sed de Dios y suspira por él, como un ciervo busca las aguas. Su alma está seca, sin fuerzas... ¿Por qué pasa por esos períodos de tristeza? ¡Porque piensa en la felicidad de tiempos pasados cuando, junto a otros, podía cantar! Ahora está solo, y además es el blanco de los que le preguntan: “¿Dónde está tu Dios?”. Estas preguntas son como flechas que penetran hasta lo más profundo de su ser y lo sumergen en la nostalgia y la inquietud.
Pero de repente vuelve en sí, y tres veces se pregunta a sí mismo: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?” (Salmos 42:5, 11; 43:5). Su mente está abatida e inquieta a la vez. A nosotros también nos sucede lo mismo, sobre todo en la noche: damos vueltas a los problemas y los dramatizamos, estamos abatidos, agotados, tristes, y nuestra mente inquieta trata vanamente de hallar soluciones...
¿Por qué te abates, oh alma mía? Esta simple pregunta nos da una idea de la inquietud interior. Y entonces aparece el remedio: “Espera en Dios”. Dirija la mirada de fe hacia Aquel que tiene en sus manos toda la situación. Es el dueño del futuro, y sabe muy bien qué medios emplear para animarle. ¡Confíe en él! Por el momento desea que no deje de alabarlo, que cante sin desanimarse. ¡Sigue siendo el Dios de su vida, su roca, su salvación y su fuerza! ¡Nada puede separarle de su amor!
Isaías 20-21 - 2 Tesalonicenses 2 - Salmo 42:7-11 - Proverbios 13:12-13

viernes, 1 de abril de 2016

No perder la esperanza

Yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice el Señor, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.
Jeremías 29:11
La esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos.
Tito 1:2
La búsqueda de la felicidad es un motivo poderoso que orienta el corazón humano. Pero, ¿existe una felicidad duradera en esta tierra? Dios da al hombre muchas alegrías, especialmente esas alegrías sencillas de la vida, como el casamiento, el nacimiento de un bebé, la belleza de la naturaleza... Pero los desastres, las catástrofes, la violencia y todas las ruinas morales provocadas por lo que Dios llama pecado, acarrean tristeza y miedo en este mundo. Abramos la Biblia. Dios nos habla de felicidad: “Mis siervos cantarán por júbilo del corazón” (Isaías 65:14). Esta felicidad no tiene límites, nadie puede quitárnosla, pues es una felicidad que viene de Dios. ¿Cómo conocerla? Recibiendo el Evangelio, la buena nueva que sigue siendo actual: Dios da una nueva vida mediante la fe en Jesucristo, su Hijo. Como conoce las necesidades más profundas del hombre, vino a ocuparse de él. ¡Él es amor, y por ello nos ama a cada uno! “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:8).
Este gozo que Dios nos ofrece acompaña toda nuestra vida. En cuanto al pasado, permite que seamos liberados de la culpabilidad (Salmo 32:5) y nos da la seguridad de ser perdonados por Dios. En cuanto al presente, permite que nos deleitemos en una feliz comunión con Dios. Las preocupaciones y los temores con respecto al futuro son calmados mediante la certidumbre de que Dios nos conduce hacia un final feliz, incluso si a veces el trayecto está jalonado por dificultades.
Isaías 3-4 - Gálatas 1 - Salmo 37:35-40 - Proverbios 12:19-20